general

dia

la charla sobre sexo en la cola del banco

la charla sobre sexo (diferente charla) en lo del peluquero metalero

el aire acondicionado que tenia mas años que yo

 

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amor, general

chat (4)

–Sos muy putita.
–Decímelo en la cara y mirándome a los ojos.
– Lei “decimelo en la cama”. al menos para mi, quedaba mucho mejor
– Tenes razon, me gusta tu version. Hacelo

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cuentos

Porno

Porno

Esto es una historia corta, que estuvo demasiado tiempo en decantación. Increíblementedespués de tanto tiempo sin volverla a leer, me sigue pareciendo buena, con algunas reservas sobre el final.Es un intento de mezclar varios conceptos en una misma historia, una mirada de adecuar el horror cósmico de Lovecraft al mundo moderno del 2013.

 

 

Mariela mira con furia su teléfono celular, como si pudiera obligarlo a seguir hablando después de que Eric cortara.

Ya es la tercera vez que la deja plantada. Tiene excusas, buenas y verídicas excusas, pero eso no disminuye su enojo.

Consulta  su reloj, ya es demasiado tarde para llamar a las chicas, que seguramente deben estar en el Dyson, con su sector de luces estroboscópicas y sus mozos sonrientes.

Suspiró. Al menos podría terminar de peinarse y pintarse las uñas.

 

La una de la mañana.

Mariela no puede dormir. Simplemente esta aburrida. En un rincón de su enorme cama ella sabe que descansa el conjunto de lencería que iba a estrenar con su novio.

Sonrió.

Podría ser otra clase de estreno.

Se cambia en la oscuridad, tomándose su tiempo, sintiendo el rose del encaje contra su piel, conversando con sí misma, halagándose.

Camina hasta la sala de estar, casi danzando, abrazándose. Con la punta de los dedos enciende su computadora, con delicadeza, como si la máquina también necesitara caricias.

 

En internet se puede encontrar cualquier perversión que te guste. Y dicen que si buscas con cuidado aprendes dos nuevas antes que termine el día.

 

Mariela busca con cuidado. Esquiva las cosas aburridas y repetitivas, ignora las que solo prometen dolor, se distrae un momento con las cosas imposibles.

A cada paso se relaja y sonríe un poco más.

El calor le nace de adentro. Tiene las piernas ligeramente abiertas y las tetas por afuera del corpiño.

Un video, hecho casero, muestra a un hombre y una mujer. Ella es la que marca el ritmo. Sabe cómo. El cabello cobrizo, ensortijado, le sobrepasa los hombros. El hombre está atado a la cama, con los ojos vendados.

A Mariela le encanta eso, está cada vez más encendida. Fascinada, se imagina a sí misma con el poder que emana la mujer. Se acaricia a su mismo ritmo. Observa deleitada como le cambia la sonrisa, que se vuelve perversa, como si quisiera devorarlo.

Está al límite.

La mujer araña el pecho del hombre y al hacerlo sus dejos dejan de ser humanos. El cabello se levanta sobre sus hombros. Sus ojos se tornan carmesí. Se escapan gemidos de la boca de Mariela.

Y en cuanto la mujer se reveló como Shub-Niggurath (la cabra con mil retoños) y empezó a comerse a su víctima, Mariela alcanzo el orgasmo.

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Perseo no era de piedra (tercera version)

Perseo se ajusta las sandalias, toma el escudo y su espada y sube los primeros escalones del palacio de la Gorgona.

La primera habitacion no revela nada fuera de lo común, columnas griegas (¿de qué estilo, si no?), antorchas y ventiluces por los cuales entra la luz.

El salón interior, con menguante luz, habitado por una muchedumbre de guerreros que miraban con cara de sorpresa, con gestos congelados, con piel de granito y mármol.

Con esa luz disminuida que no le deja ver el adoquín fuera de lugar.

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No fue el golpe lo que lo molestó, fue entender que sus gruesos anteojos habían volado y ya no podría hallarlos.

Perseo, el gran héroe, el hijo de Zeus, con severa miopía.

Así y todo, se levanta, tiene órdenes y debe cumplirlas.

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– Ven mortal, mira mis ojos y contempla tu perdición, porque quien los mira se transforma en piedra.

– ¿Perdón? ¿Quién está ahí? – dijo Perseo cubriéndose con su escudo de plata.

– Soy Medusa, dueña del Jardín de Piedra.

– Lo siento, pero no consigo ver quién me habla – responde Perseo entrecerrando los ojos.

– Estoy empezando a sospechar que algo no anda bien. – duda ella – Déjame usar tu escudo como espejo.

– No estoy seguro que la historia fuera así. – titubea él al sentir que su escudo es empujado hacia la luz.

Al reconocer su perfecto reflejo, Medusa se detiene en seco, notando la mirada desenfocada de Perseo.

– Perdí mis anteojos al tropezar, no veo muy bien sin ellos. – comenta ante el silencio lleno de interrogantes

– ¡Te pido disculpas! Con tantos guerreros entrando a cada rato, no tengo tiempo para arreglar el piso.

– No hay problema. Usted tiene una voz muy agradable ¿sabe?  

Medusa suspira y deja el escudo – Gracias, estoy harta que me consideren solamente una cara bonita – mientras lo toma de las manos – ¿Te gustaría tomar algo?

Horas más tarde, Perseo se recuesta, se pone una venda sobre los ojos y deja que su imaginación tome vuelo.

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