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Porno

Porno

Esto es una historia corta, que estuvo demasiado tiempo en decantación. Increíblementedespués de tanto tiempo sin volverla a leer, me sigue pareciendo buena, con algunas reservas sobre el final.Es un intento de mezclar varios conceptos en una misma historia, una mirada de adecuar el horror cósmico de Lovecraft al mundo moderno del 2013.

 

 

Mariela mira con furia su teléfono celular, como si pudiera obligarlo a seguir hablando después de que Eric cortara.

Ya es la tercera vez que la deja plantada. Tiene excusas, buenas y verídicas excusas, pero eso no disminuye su enojo.

Consulta  su reloj, ya es demasiado tarde para llamar a las chicas, que seguramente deben estar en el Dyson, con su sector de luces estroboscópicas y sus mozos sonrientes.

Suspiró. Al menos podría terminar de peinarse y pintarse las uñas.

 

La una de la mañana.

Mariela no puede dormir. Simplemente esta aburrida. En un rincón de su enorme cama ella sabe que descansa el conjunto de lencería que iba a estrenar con su novio.

Sonrió.

Podría ser otra clase de estreno.

Se cambia en la oscuridad, tomándose su tiempo, sintiendo el rose del encaje contra su piel, conversando con sí misma, halagándose.

Camina hasta la sala de estar, casi danzando, abrazándose. Con la punta de los dedos enciende su computadora, con delicadeza, como si la máquina también necesitara caricias.

 

En internet se puede encontrar cualquier perversión que te guste. Y dicen que si buscas con cuidado aprendes dos nuevas antes que termine el día.

 

Mariela busca con cuidado. Esquiva las cosas aburridas y repetitivas, ignora las que solo prometen dolor, se distrae un momento con las cosas imposibles.

A cada paso se relaja y sonríe un poco más.

El calor le nace de adentro. Tiene las piernas ligeramente abiertas y las tetas por afuera del corpiño.

Un video, hecho casero, muestra a un hombre y una mujer. Ella es la que marca el ritmo. Sabe cómo. El cabello cobrizo, ensortijado, le sobrepasa los hombros. El hombre está atado a la cama, con los ojos vendados.

A Mariela le encanta eso, está cada vez más encendida. Fascinada, se imagina a sí misma con el poder que emana la mujer. Se acaricia a su mismo ritmo. Observa deleitada como le cambia la sonrisa, que se vuelve perversa, como si quisiera devorarlo.

Está al límite.

La mujer araña el pecho del hombre y al hacerlo sus dejos dejan de ser humanos. El cabello se levanta sobre sus hombros. Sus ojos se tornan carmesí. Se escapan gemidos de la boca de Mariela.

Y en cuanto la mujer se reveló como Shub-Niggurath (la cabra con mil retoños) y empezó a comerse a su víctima, Mariela alcanzo el orgasmo.

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Homenaje a un grande

Lo que estaba oculto

Desde hace un tiempo siento disgusto de caminar por la calle cuando esta entrada la noche; sobre todo cuando esta semi vacía como ahora, en donde cada sombra puede interpretarse como una amenaza. Distintas son las noches en donde una hermosa soledad dota a mi caminata de sólidas reflexiones o cuando la multitud otorga una cálida seguridad.
En noches como esta sopla el viento del noreste, cargando el olor del mar, inconfundible con su resaca de peces, algas y cangrejos, y nadie salvo yo sabe lo antinatural y repugnante que es, porque en el pueblo serrano en donde resido ahora no hay cerca ningún mar con su olor a peces, algas y cangrejos.
En esta época de portentos tecnológicos mi… aventura cobra matices sumamente siniestros ya que demuestra la elevada inteligencia de algunos seres.
Los jóvenes siempre pensamos que, superado cierto tiempo, la experiencia deja su lugar a una incapacidad de raciocinio: la decrepitud. Pero tropecé con algo tan viejo y tan arrogante que cabe pensar que recién esta dando sus primeros pasos. Tiemblo al pensar que él podría no llegar nunca a la senilidad y posteriormente a la muerte.
Les hable del mar; antes de mudarme y de temer vivía en un pequeño pueblo en las orillas del mar. La nuestra es una región casi virgen en el sentido de que los aborígenes no habían llegado nunca; mis antepasados (apenas tres generaciones hacia atrás) fueron fundadores. Ellos, pues, son los primeros ocupantes de mi tierra, o al menos eso es lo que se conoce.
Recuerdo que era a fines de marzo (los últimos calores del otoño) cuando estaba caminando entre los medanos. Creía conocer a la perfección la zona y estaba deambulando en busca de sosiego para mi alma.
En cierto punto perdí pie y caí rodando por mucho más tiempo del calculado, era como si la duna se hubiese vuelto más pronunciada a medida que daba tumbos.
Cuando me detuve pude ver que estaba en una especie de cueva, algo impensable en mi entorno. La falta de luz no dejaba ver más que contornos, lo cual es una ventaja el pensar en los obscenos grabados de la cueva de textura metálica. Mis dedos solo descubrían tallas horizontales, verticales y circulares, sin que pudiera formarse una idea clara de lo que allí había representado.
Con cada eco metálico que arrancaban mis pisadas notaba una cierta… deformación del recinto. En ocasiones se hundía ligeramente, en otras se sacudía espasmódicamente. Temiendo un derrumbe comencé a correr, lo que desencadenó más temblores, algunos jadeos lejanos y la aparición de un olor como a algas podridas. Era como si alguien hubiera tirado una tonelada de pescado al sol y luego se marchara.
Aquello no era sano. La caída, los temblores y ese olor me crispaban los nervios. Loco de terror huí con la vana esperanza de encontrar una salida.
El paroxismo de terror llego cuando el terreno en que caminaba se alzo y me hizo trastabillar, golpeándome contra las paredes mientras caía.
Amortiguo mi caída arena húmeda y de olor nauseabundo. Me alcé para protegerme de lo que creía un derrumbe inminente y lo que vi por poco me hace perder la razón.
Frente a mí estaba un ser del doble de mi altura, que me miraba con avidez. Solo pensar en tal blasfemia a la realidad me altera. Las tallas metálicas que había tocado parecían ser los pliegues musculares de aquella horripilante criatura que se apoyaba sobre extremidades que no eran ni brazos ni aletas ni tentáculos. Me miraba con cuatro desagradables ojos inyectados en sangre, mi miraba decidiendo mi vida o mi muerte.
Gracias al cielo no me presto atención y gruñendo se retiro hacia el mar. Fue un espectáculo grotesco ver como la arena le habría paso como si estuviera asqueada. Aun más repugnante fue ese olor a animal marino ¿Puede esa abominación vivir en el lecho marino? La Creación no se lo permitiría, pero me temo que la Tierra le importa muy poco.
Es por eso que tiemblo cuando el viento del nor-este me trae el gusto del mar, en este lugar que esta muy alejado del mismo.
¿Quién me puede asegurar que realmente se alejo de mí?

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